
Desde siempre, artistas, escritores y pensadores han denunciado el abuso del poder, la desigualdad y la dificultad del ser humano para convivir sin imponerse sobre los demás, ello en el marco de avances cien tíficos y tecnológicos que no han ayudado mucho a una transformación para bien.
La pregunta permanece en el aire ¿el egoísmo forma parte de nuestra naturaleza o es consecuencia de la sociedad que hemos construido? ¿Aprendemos a dominar o nacemos con esa inclinación? El filósofo Aristóteles definió al ser humano como un zoon politikón, un animal político, y sostenía que la vida sólo alcanza plenitud dentro de la comunidad y mediante la búsqueda del bien común. Sin embargo, aquella polis excluía a mujeres, esclavos y extranjeros, recordándonos que incluso las grandes ideas responden a las condiciones de su época. Muchos siglos después, José Ortega y Gasset escribió una idea que decía más o menos “Yo soy yo y mi circunstancia”.
Esta frase es aún vigente porque nadie puede entenderse separado de la realidad que lo rodea y nos obliga a preguntarnos qué circunstancias estamos dejando a quienes vienen detrás. De su lado, Max Weber observó que la ética protestante favoreció una cultura del trabajo, el ahorro y la acumulación bajo la idea de “progreso”, que impulsó el desarrollo del capitalismo moderno, a la par de las ideas positivistas de principios del siglo XX.
La prosperidad material creció junto con la capacidad de transformar el planeta, pero también dio paso a más preguntas como aquélla que cuestiona si existe un límite para el crecimiento cuando los recursos naturales son finitos y la desigualdad persiste.