¿Preparándonos para un mundo… que ya no existe?

Las organizaciones invierten en tecnología, IA y transformación digital. Sin embargo, pocas se cuestionan un aspecto mucho más profundo: seguimos formando personas con modelos de aprendizaje diseñados para responder a los desafíos del siglo pasado. Las neurociencias nos invitan a mirar el problema desde otro lugar.

Las organizaciones necesitan personas capaces de aprender, desaprender y volver a aprender continuamente. Sin embargo, seguimos formando profesionales bajo una idea que el mundo actual ya comenzó a dejar atrás: que aprender depende fundamentalmente de dedicar (más) tiempo como única variable

Vivimos en una época donde prácticamente todo cambia. Las empresas reinventan sus modelos de negocio en cuestión de meses. La IA modifica la forma de trabajar. Los equipos colaboran desde distintos países. Las profesiones evolucionan a un ritmo que hace apenas una década parecía imposible. Paradójicamente, mientras el mundo acelera, la forma en que entendemos el aprendizaje permanece casi intacta.

Seguimos resolviendo los problemas del siglo XXI con modelos de aprendizaje del siglo pasado. Durante décadas aceptamos una idea que parecía incuestionable: para aprender más hay que estudiar más horas, hacer más cursos, más información. La lógica parece impecable. Pero basta observar lo que ocurre diariamente en empresas, universidades y organizaciones para descubrir que esa ecuación ha comenzado a romperse.

Falta de interés o “No tengo tiempo”

Nunca habíamos tenido tanta información disponible ni habíamos tenido tantas herramientas para aprender y, al mismo tiempo, nunca había sido tan frecuente abandonar un curso, posponer una certificación o dejar un idioma a la mitad. La explicación más frecuente no es la falta de interés. “No tengo tiempo”. Y esa frase merece ser analizada con mayor profundidad. Porque el verdadero problema seguramente nunca fue la falta de tiempo.

 El conflicto real es que seguimos ordenando el aprendizaje como organizamos una agenda. Esperamos encontrar dos horas libres. Buscamos el momento perfecto. Imaginamos que aprender exige largos periodos de concentración que rara vez existen dentro de la realidad profesional. Cuando ese espacio no aparece, asoma la postergación, después la culpa y, finalmente, la sensación de que aprender exige un esfuerzo incompatible con la vida

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Por: César Ortega es psicólogo social

Maestro en Estudios Latinoamericanos y especialista en educación, metodologías de aprendizaje y gestión cultural. Investigador y políglota.

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