
En México, las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMEs) son el motor que mantiene en marcha la economía: representan más del 99% de las unidades económicas, generan más del 70% del empleo formal y aportan alrededor del 52% del Producto Interno Bruto (INEGI, 2023). Sin embargo, hay un dato que sigue doliendo: muchas de ellas no llegan a celebrar su quinto aniversario. La imagen es tan común que casi pasa desapercibida.
Un local que un día abre con ilusión, ofertas y carteles nuevos, meses después aparece un letrero de “Se traspasa” o “Liquidación total, nos vamos”. Y aunque es tentador culpar a la economía, la inseguridad o la competencia, la realidad -respaldada por cifras- es que la mayoría de es tos cierres tiene que ver con factores internos: una mala gestión financiera, ausencia de planeación, poca o nula capacitación, improvisación operativa y estructuras organizacionales endebles.
Factores que marcan la diferencia entre sobrevivir y desaparecer
De acuerdo con la Asociación de Emprendedores de México (ASEM), uno de los principales motivos del cierre de las MiPyMEs es la nula capacidad para manejar correctamente las finanzas: flujo de efectivo descontrolado, falta de liquidez y dificultades para acceder a capital de trabajo.
A esto se suma la poca inversión en formación del capital humano, tanto de líderes como de colaboradores, lo que deriva en equipos menos productivos e innovadores. Estudios como el de Saavedra y Tapia (2012), confirman que la cultura empresarial mexicana suele carecer de visión a largo plazo y presenta resistencia a delegar responsabilidades o trabajar en equipo.
Y aunque las políticas públicas han intentado apoyar al sector, muchas veces el acompañamiento carece de continuidad, o no responde a las verdaderas necesidades de las empresas. En resumen: gran parte de la “herida” es autoinfligida. Y eso, paradójicamente, es una buena noticia, porque significa que también está en manos de los empresarios revertirla.
Profesionalización: más que un término elegante
Cuando hablamos de “profesionalización empresarial”, no nos referimos a contratar traje y corbata para todos, sino a un proceso profundo que transforma la manera en que se gestiona el negocio.
Es pasar de un modelo basado en la experiencia empírica -y muchas veces en la intuición- a uno sustentado en prácticas estructuradas, planeación estratégica, control de procesos, medición de resultados y, sobre todo, en el desarrollo de capital humano. Un negocio profesionalizado tiene claridad en su estructura organizativa, políticas internas definidas, indicadores de desempeño, procesos estandarizados y estrategias claras para crecer.
Además, fomenta la innovación, adopta tecnologías que mejoran su productividad y asegura que sus líderes y equipos se mantengan en constante actualización.
Por: Alejandro Mancera Rodríguez
Doctor en Alta Dirección y Negocios Socio Fundador de ALTUS NOVA Group